miércoles, septiembre 16, 2009

Y... sí.


¡Chale! Me gustas. Qué rico, qué bonito. Entre todo este desmadre. A pesar de él. Me gustas, te encuentro lindo, ¡qué padre! No quiero parecer somero.


Qué alegría de sentir chingón, emocionante. Qué bueno, qué preciso. Me gustas. El otro día te vi y sonrojé con entusiasmo, qué bien, qué inesperado. Otro día te oí decir algo que me sonrió, estiró mis labios, me flexionó el gesto, me alongó la cara y sus resquicios. ¡Qué chido! Me gustas tanto. Me encanto o me decanto, dirías, y es que me gustas mucho, es cierto, cabrón. ¡Qué tal!


Un abrazo, un momentito, un movimiento, cómo me gustas, un observarte. Qué días, qué bien la paso nomás de gustarme tanto, qué bien que lo haces de estar ahí para gustarme. Qué grato. Me gustas, de verdad, y con qué fuerza.


De a poquito, sin prisa, con arrojo, dulcemente me gustas. ¡Qué papelón, pero es cierto! Lo admito, es evidente, me sincero. Me gustas. Ahora quiero darte un beso.