
Que sea valiente, me dijo, antes de sonreírme por última vez. No temiendo mi dolor detrás de su ausencia sino sabiendo que pronto comenzaría a entender. ¡Qué inapropiado parecía conversar como lo hacíamos siendo tan jóvenes! Cuántas cosas se dijeron que apenas hoy podemos pronunciar con conocimiento de causa. Hablábamos de amor cuando apenas era una noción de vida para nosotros. ¿De qué hablaríamos hoy si pudiéramos escucharnos?
Que sea valiente me recomienda. Fuerte también. Paciente como los árboles en el invierno y galante como cuando despiertan con la primavera. Que cada otoño sea más que nostalgias. Que los retoños abran espacios a la muerte también. Que mi soledad sea plena y gozosa para que quien la acompañe se abrace con más fuerza. No pudimos congelar una carcajada. Era nuestro plan incrustarla en algún muro o verterla en una fuente donde pudiéramos verla fluir sin agotarse.
Hoy se que me visitará en el instante en que mi lámpara apagare. Largas horas conversamos en la oscuridad, no romperá la costumbre. Pero esta noche su aquiescencia me perturba. No quiero que me recuerde muchas de las cosas que ya dejé de saber.
No estamos solos, decía jugando siempre con una mueca deformada que sugería la verdad detrás de la broma.
Tenía el don de la profecía. Eso creíamos. Y las cosas que previó en mi futuro existen como cualquier posibilidad. Pero hoy me parecen más reales.
Que para no estar solo tendré que aprender a estar solo. Pinche Israel. Te fuiste sin explicarme dónde puedo encontrar la soledad reparadora. Pero cuando te fuiste creo que la encontré. Quien quiera, que la comparta conmigo.
¿Quién se murió esta tarde?
No hay comentarios.:
Publicar un comentario