
B.- Hay algo que me preocupa.
A.- ¿De qué se trata?
B.- No sé si deba decírtelo.
A.- ¿Por qué?
B.- Porque de alguna manera te involucra.
A.- ¿Ah, sí? ¿De qué se trata?
B.- No sé si deba decírtelo.
A.- Pues piénsalo bien.
B.- ¿No te interesa saberlo?
A.- Por supuesto, pero prefiero esperar hasta que estés listo para compartirlo conmigo y no forzar a que lo digas si no estás convencido.
B.- Pues entonces no te interesa.
A.- Te digo que sí.
B.- Si realmente te interesara querrías que lo dijera ahora mismo. Estarías mucho más ansioso por saberlo.
A.- ¿Tú crees?
B.- ¡Carajo, no cambies el tema!
A.- ¡Pero..!
B.- Si no te interesa después no me vengas con reclamos. Cada vez que tenemos la oportunidad de conversar terminas inventando algo para impedirlo.
A.- ¡Eso no es verdad!
B.- ¡Y encima tengo que soportar tu cinismo! Estoy harto de ti. ¡¡¡Harto!!! No puede ser que no puedas ni si quiera hacer el esfuerzo de escucharme con franqueza. Por eso prefiero quedarme callado. Es más fácil callar que hablarte.
A.- No todos piensan igual.
B.- ¿Y quién te dijo que me importa lo que piensen los demás? Como si no me conocieras.
A.- Pero un día me lo vas a decir.
B.- ¡Claro! Ahora sí que quieres escucharme. Te produce una curiosidad morbosa, sientes culpa... pero así nadie puede prestar oído serenamente y yo necesito de tu serenidad para hablarte... eso en el supuesto de que quisiera decírtelo, pero ya no me interesa. Ahora te jodes.
A.- Otra vez.
B.- Otra vez te lo mereces.
A.- Tal vez tengas razón.
B.- ¿Por qué dudas de mi?
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