jueves, abril 06, 2006

El Cristo Trigueño.


Halagado seas, ya que no alabado, Cristo Trigueño. Que en la memoria de tu olvido no caiga nunca nuestro rostro. Apiádate, señor niño, de nuestro corazón y cobíjalo bajo el manto de tu cuerpo alguna vez, que nuestras oraciones no cejan de pedir tu redención.

Ahoga la risa que te produce nuestro rezo y condona la ingenuidad a que apelamos; extiéndenos tus manos, acepta sin reclamo nuestro beso.

Muéstrate generoso como has sabido ser siempre y dirige tu dulzura hacia nosotros, que la cordura nos sirva para tomarla con prudencia.

Halagado, Trigueño Cristo, niño hermoso: Señor redentor de tersas llamas, consume nuestro aliento y su sollozo, enséñanos, a fuerza de rogarte, que nos amas. Enséñanos también, niño adorado, que un poco de dolor sea valorado.

Tómanos en tus brazos y en tus piernas y los espacios de tu cuerpo divino y sumérgenos fino a tu calor piadoso.

No nos dejes, en fin, de tentación desprovistos y regresa a tu rebaño deseoso, vuélvete, vanidoso, a nuestro corazón y despliega tu encanto en sus latidos, que nuestra sangre sirva para llevarte a todos lados, que inmolados seremos a tu voluntad sometidos.

Trigueño, niño Cristo, señor halagado. Jamás mi pensamiento fue más elevado que teniéndote en mente siempre visto. Y me visto de tu recuerdo y el anhelo de tu devoción y te busco con decisión en cada cuerpo que velo.

Una llaga más y seré vaticinado en tu honor. Y por ello, halagado seas, y más aun, alabado, Cristo Trigueño.

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