
Halagado seas, ya que no alabado, Cristo Trigueño. Que en la memoria de tu olvido no caiga nunca nuestro rostro. Apiádate, señor niño, de nuestro corazón y cobíjalo bajo el manto de tu cuerpo alguna vez, que nuestras oraciones no cejan de pedir tu redención.
Ahoga la risa que te produce nuestro rezo y condona la ingenuidad a que apelamos; extiéndenos tus manos, acepta sin reclamo nuestro beso.
Muéstrate generoso como has sabido ser siempre y dirige tu dulzura hacia nosotros, que la cordura nos sirva para tomarla con prudencia.
Halagado, Trigueño Cristo, niño hermoso: Señor redentor de tersas llamas, consume nuestro aliento y su sollozo, enséñanos, a fuerza de rogarte, que nos amas. Enséñanos también, niño adorado, que un poco de dolor sea valorado.
Tómanos en tus brazos y en tus piernas y los espacios de tu cuerpo divino y sumérgenos fino a tu calor piadoso.
No nos dejes, en fin, de tentación desprovistos y regresa a tu rebaño deseoso, vuélvete, vanidoso, a nuestro corazón y despliega tu encanto en sus latidos, que nuestra sangre sirva para llevarte a todos lados, que inmolados seremos a tu voluntad sometidos.
Trigueño, niño Cristo, señor halagado. Jamás mi pensamiento fue más elevado que teniéndote en mente siempre visto. Y me visto de tu recuerdo y el anhelo de tu devoción y te busco con decisión en cada cuerpo que velo.
Una llaga más y seré vaticinado en tu honor. Y por ello, halagado seas, y más aun, alabado, Cristo Trigueño.
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