
A.- ¿Quisieras poder leer mi pensamiento?
B.- Eres tan claro como el agua. No hace falta.
A.- ¿No te gustaría?
B.- Como un libro abierto... con tus páginas al descubierto casi obscenamente. Un exhibicionista.
A.- Un pensamiento sincero. Algo que no tuvieras que interpretar porque sabrías perfectamente qué es desde la fuente. Sin más.
B.- Cada gesto, cada uno de tus gestos... ¡los he visto todos! Te conozco. Nada puede sorprenderme.
A.- ¿Qué estoy pesando ahora?
B.- ¡No me da la gana decírtelo! Bien lo sabes.
A.- Sí, lo sé.
B.- Pues ya ves. Sabía que lo sabías antes de que me lo dijeras. ¿Quedó claro? Y no tuve que leerte el pensamiento.
A.- Hay algo que quisiera decirte...
B.- Pues muévete. Camina de un lado a otro. Quédate sentado... haz lo que quieras. Con tu lenguaje corporal bastará. No gastes el silencio que es precioso.
A.- ¿Así lo prefieres?
B.- Así. De cualquier forma no podría sorprenderme nada de lo que dijeras. No estoy para eso.
A.- Pues me callo.
B.- Pues callado.
A.- Pero antes quiero estornudar.
B.- Adelante.
A.- En seguida. (...) Estoy a punto. (...) Lo siento aquí... (...)
B.- Estornuda de una vez o cállate.
A.- Bien, me callo. (¡Atchisss!)
B.- No puedo confiar en ti.
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